hockey

Tener tradición, incluso ser tradicionalista, no tiene que ver con ser retrógrado ni estar anclado en el pasado. De hecho la mejor forma, y quizá la única, de que una tradición perdure es adaptarla al paso del tiempo. En el deporte español el hockey es una de las grandes tradiciones y, en sí, es un deporte muy tradicionalista: sagas familiares, gusto por el pasado... incluso durante largos años se daban partidos en los que no se anotaba el resultado. En los que se jugaba no por ganar, sino sólo por el placer de practicar el deporte.

Sin embargo, llegado el siglo XXI las cosas habían cambiado un tanto. Si el deporte evolucionaba hacia el profesionalismo y el espectáculo, el hockey no podía quedarse atrás. Se adaptó al césped artificial y por tanto a un juego más veloz, abordó un amplio cambio de materiales y, en suma, se convirtió en campo de experimentación de novedades técnicas. Algunos no lo llevaron demasiado bien y las viejas superpotencias india y pakistaní se quedaron atrás. España intentó no hacerlo.

El hockey español, a principios del siglo XXI, seguía donde estaba: con poco más de 4.000 fichas, con capital en Terrassa y satélites en Madrid y el País Vasco principalmente. Y medios, pocos: Pero ese pequeño núcleo tenía, como hemos visto, dos muy importantes activos: saber hacer, y voluntad de hacerlo. Desde el podio de Atlanta 96 no se había abandonado el grupo de cabeza del hockey mundial pero tampoco se había descollado en exceso. En 1998 se alcanzó la medalla de plata en el Campeonato del Mundo. Pero en Sidney 2000 se salió hasta de la lista de diplomas.

Consciente de que había que enmendar el ritmo, el hockey español trajo en el año 2000 al holandés Maurits Hendrickx para ponerle al frente de la selección masculina. Había que aprender de quien sabía y quien más sabía era él. O al menos había sido campeón olímpico en Sidney al frente de la selección holandesa cuyo hockey tenía fama de ser el más avanzado técnicamente del mundo.

Hendricx llegó a España en el año 2002. Y según llegó empezó a pedir cosas, un poco a la manera que había hecho José María Brasa con el equipo femenino campeón en 1992. En poco tiempo la selección española se acostumbró al GPS Sport y al Omega Wave, para controlar el movimiento sobre el césped y los parámetros físicos. Los técnicos pasaron de juzgar 'a ojo' a manejar unas telemetrías que ni la Fórmula 1. Se incorporaron psicólogos y todo tipo de especialistas médicos.

Y además todo eso se aplicaba a un elemento humano con nombres como Pol Amat, Rodrigo Garza, Edi Tubau, Ramón y David Alegre o Santi Freixa... Poco a poco se fue consiguiendo, por ejemplo, que Pol Amat y Santi Freixa entraran en las listas de mejores jugadores del mundo y que la selección española no se bajara del podio: Plata en el Europeo de 2003, oro en el de 2005, plata en el de 2007 y en el Mundial 2006, bronce. Un año antes de los Juegos Maurits Hendrikx pidió que se instalara en Terrassa la misma pista que habría en Pekín ("Porque la pista en hockey cuenta tanto como en tenis") y se empezara a estudiar la propensión al asma de los jugadores y se les fabricasen mascarillas anticontaminación, por el aquel del aire de Pekín.

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